¿Hablemos de género?

Se realizaron dos entrevistas a diferentes personas. La primera es una mujer de 45 años de edad, Dueña de casa, casada y con dos hijos (Adriana), mientras que, la segunda persona corresponde a un hombre de 55 años de edad, Profesor de Enseñanza Básica, separado y con tres hijos (Carlos).

El siguiente ensayo, tiene por objetivo reflexionar acerca de las diversas nociones y significaciones que existen en nuestra sociedad sobre género, en términos de lo propio de ser hombre y lo propio de ser mujer. Para ello se profundizó en torno a la pregunta qué es ser mujer u hombre y qué se entiende por femenino o masculino.

Cabe contextualizar el significado de la palabra género, la cual, en español, se utilizaría para referir a tipo, clase o especie de algo y en inglés “gender”, para referirse a la diferencia sexual hombre-mujer y por ende a los pronombres posesivos de él y ella, a diferencia del español en donde los objetos también tienen género. La pregunta es cómo el vocablo género pasó a la acepción de una nueva categoría, que contiene un orden simbólico de representaciones y
atribuciones socialmente compartidas, que toman como fundamento la diferencia sexual y definen qué es lo que se permite y espera socialmente a partir de esta diferencia. Para la antropóloga Marta Lamas, el género es “un filtro, una forma de ver el mundo y de interrelacionarnos”.
Se define la categoría “sexo” como lo relativo a las características biológicas y fisiológicas de hombre/mujer o macho/hembra, existiendo cinco sexos y no dos como se considera tradicionalmente. Por su parte cuando hablamos de género, se hace referencia a la construcción social de dicha diferencia sexual asignada al momento de nacer.

En el imaginario social estas categorías están naturalizadas, no se cuestionan y cuando existen tensiones al respecto, estas tienen un impacto de rechazo transversal en la sociedad. Estas tensiones, por lo general surgen, cuando aparecen otras formas de asumir el género, que no obedecen a los mandatos propios de la cultura, que define prácticas y roles determinados para hombres y mujeres.
Las investigaciones teóricas y empíricas de las ciencias sociales han develado la dimensión social y subjetiva de la construcción del género y desnaturalizado su dimensión biológica.

Para la pensadora Judith Butler el sexo es “una construcción ideal que se materializa a través de normas reguladoras que logran la materialización del sexo y el cuerpo a través de la reiteración forzada de las normas del género” (Butler, 2002). Así mismo surge otra dimensión de análisis para comprender la construcción del género y esta dice relación con la subjetividad y con la identidad, siendo este un proceso ideo-afectivo, que surge al adquirir el lenguaje, entre los dos y los tres años de edad y antes de notar la diferencia sexual. Este proceso pone de manifiesto los procesos psicológicos que estarían a la base de lo que se
define como “identidad de género”.

Cuando se le pregunta a (Adriana) nuestra entrevistada, qué es para ella ser mujer nos señala que “…ser mujer es como el universo entero, es como un complemento de esencia, alma, corazón y vida…para mi haber nacido mujer, fue un regalo…”

A partir de este discurso podemos ver cómo está presente la naturalización del género, que se expresa al pensarlo a partir de la noción de categorías naturales, como Adriana lo señala…“para mi haber nacido mujer fue un regalo…”, se parte de la idea de que el género es algo innato, se nace mujer u hombre, lo cual limita la posibilidad de pensarse de otro modo y de cuestionar ciertas prácticas que derivan de esta concepción binaria y natural del género.

La creencia de la existencia de una esencia femenina, en donde se ubica a la mujer en la naturaleza y la idea de que se nace siendo mujer y no que se “llega a serlo” (Simón de Beauvoir 1949), como parte de una construcción social e individual, están presentes en este pensamiento, que da cuenta de una concepción universal y esencialista de lo que es ser mujer.
En torno a esta misma reflexión, cuando comienzan a desarrollarse los estudios de la mujer se tensionan los principios de la mirada etnocentrista, se cuestionan y surgen visiones críticas respecto a la “universalidad” de la historia de subordinación de la mujer y la dicotomía entre la esfera de lo público y lo privado. La inconsistencia de que debe primar una categoría universal y esencialista dan cabida a la pluralidad, a las distintas formas de ser mujer u hombre en los diversos contextos culturales para hablar ahora de “las mujeres” en oposición a “la mujer”, concepción occidental heterosexista, que correspondería al feminismo
hegemónico.
Cuando se le pide a la entrevistada que profundice más en a qué se refiere con haber nacido mujer, ella señala “… quiero decir lo femenino, que es la esencia, la delicadeza, lo que fluye del alma, del corazón, pero viene de la esencia de uno misma…”
Siguiendo la idea de filtro de Marta Lamas, se torna vital para poder comprender cómo los sujetos dan cuenta de su visión de mundo cuando tienen que definir qué es ser mujer u hombre, dando cuenta de su alteridad a través de este filtro construido socialmente, asumiendo estereotipos de feminidad, cuerpo y emociones propias de las mujeres y generadores de identidad. En este caso no existe un cuestionamiento de la carga cultural de “ser mujer”, sino más bien una invisibilización de ciertas prácticas que están dadas por naturales y cuyos roles generan identidad.
Se trata de ir más allá en la entrevista y se le pregunta a Adriana cómo se siente al definirse desde ese lugar y señala “…Nosotras damos la vida, la cuidamos, la procesamos, luchamos…somos la esencia completa…”
A partir de este discurso se puede reflexionar y hacer relaciones en torno a teorías que plantean categorías de análisis para el estudio del género, como es la teoría Sistema Sexo-Genero de la Antropóloga Gayle Rubin (1949) quien plantea que “cada sociedad posee un sistema sexo/género particular, es decir, un conjunto de arreglos por los cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana” ( Rubín, 1975). Esta noción refiere a que existiría una dicotomía o división de los sexos, donde la mujer estaría en el lugar de la naturaleza, asumiendo un rol reproductivo y el hombre en la cultura. El cuerpo de las mujeres puede ser controlado por los hombres, ya que pueden tener hijos y el hecho de que puedan hacerlo funcionaría como un sistema social, ya que hay que mantener vivo al grupo.

Desde esta lógica, la autora plantea que la división sexual del trabajo definió los roles tanto de mujeres como de hombres, además de determinar la hegemonía de la heterosexualidad, cuya condición natural es cuestionada por el feminismo, ya que si así fuese la cultura no pondría tantas normas y trabas para mantener esa heteronormatividad. A su vez, hace alusión a la constricción de la sexualidad femenina, existiendo un control sobre los cuerpos de las mujeres.
Desde esta mirada, las mujeres quedan subordinadas al ámbito de lo privado, lo cual refiere a labores de maternidad y cuidados, mientras que el hombre al estar en la cultura, tiene un rol productivo, interviene y está en lo público.
Hacer estas relaciones contextualizadas históricamente a partir del Neolítico según los estudios antropológicos, permite comprender cómo surgen las significaciones simbólicas del género. En el caso de la entrevistada se piensa a la mujer desde un rol reproductivo, siendo este el más importante y lo que permite ser mujer, además del confinamiento a labores domésticas y de cuidado como parte de una esencia femenina.
Al referirse a lo masculino expresa una idea enmarcada en esta misma línea de análisis, en donde se estereotipa lo propio de los hombres y de las mujeres, señalando “… lo masculino se me viene a la cabeza como… esos hombres bien varoniles, así como ponte tu un griego o romano que van a la guerra…con esa esencia de fuerza, de luchar, con convicción lo que ellos
piensan…”

El segundo entrevistado, Carlos, señala que “… ser hombre es… lo trascendental, esencia de fuego, una visión particular de ver las cosas…en lo personal responsabilidades de género, con la señora, la familia, el hogar, los hijos…” Si relacionamos este discurso con lo que plantea la primera entrevistada, se puede ver reflejada una mirada similar, que categoriza y naturaliza el género, determinando roles, en este caso desde una visión patriarcal, que pone al hombre como quien debe velar por la seguridad y protección del hogar, en el lugar de proveedor. A su vez señala “… no quiero caer en los estereotipos que me hagan dar un mal juicio, una mala visión, pero sin duda, la esencia de fuego lo complementa…”
Existe en este relato una idea de que el género es algo que surge a partir de la naturaleza como algo innato de los hombres, cuando se refiere a términos como esencia de fuego, fuerza, etc. Discurso que obedece a la diferencia sexual, determinada en términos biológicos y no a una construcción social e individual, en donde la subjetividad, en tanto procesos primarios y secundarios de la constitución del psiquismo están presentes.
En relación a ello Judith Butler dirá que “La naturaleza no define, la cultura no define, es el inconsciente… el individuo es quien está presente, su performance de ser género” (Butler 2002), para Butler están presentes en el devenir del sujeto la idea de inconsciente y el deseo que pueden resistirse a los mandatos culturales de lo heteronormativo.

Siguiendo con la entrevista Carlos señala “En la mujer, puedo decir lo evidente…que es la maternidad de la mujer, la capacidad de engendrar…

Quien nace con un sentimiento de maternidad aunque no sea madre o no vaya a ser madre, pero que lo lleva como un instinto…el útero…eso…”
En relación a lo que expresa el entrevistado, podemos ver cómo se cristaliza en esta visión un entramado simbólico propio de una cultura patriarcal, que hunde sus raíces en la prehistoria y que han dado a la mujer un lugar de dominación y subordinación hasta nuestros días.
Los cuerpos de las mujeres han sido históricamente sometidos y relegados al plano privado, lo cual la posiciona en un rol reproductivo “natural”, atribución dada por el solo hecho de su capacidad biológica, argumentando que es innato a la condición de “mujer”. Reflexión que se refuerza cuando el entrevistado señala “…lo femenino…un hombre también puede ser femenino….la sensibilidad del hombre , la acogida , la paternidad, las cosas sensibles… a mí me encanta ser dueño de casa, por ejemplo…” Discurso de índole machista que estereotipa los roles y concibe que el hombre deba feminizarse para asumir labores de tipo doméstico y de cuidados.
Se le pregunta al entrevistado cómo se piensa él en ese lugar de lo doméstico y señala “… Los hombres somos más exigentes cuando hacemos tareas domésticas, si hacemos el aseo lo hacemos perfecto, si cocinamos tratamos de hacer lo mejor….” Aseveración que invita a pensar en la histórica relación de dominación del hombre por sobre la mujer, quien no puede establecer relaciones simétricas, sino dadas por la verticalidad y el poder, en donde no se reconoce e invisibiliza incluso el rol en el ámbito doméstico asignado culturalmente, arguyendo que “Los hombres lo hacen mejor que las mujeres”, dando cuenta con ello que son superiores en todos los planos del quehacer humano.
Ambas entrevistas contienen similitud en sus discursos, los que expresan significaciones simbólicas, representaciones y atribuciones respecto a lo propio de las mujeres y lo propio de los hombres, a partir de la diferencia sexual. Estas representaciones constituyen un imaginario social, que permea todas las estructuras en las que se inscribe el pensamiento machista, dando cabida a la expresión de la violencia de género.
Para la antropóloga Rita Laura Segato, hay que ver los contextos, historizar los procesos y ver cómo la lógica del poder está a la base de este fenómeno social. Dirá “El poder no es propiedad de un sujeto, ya que existe un relato social que permite que se pueda ejecutar el poder” (Segato, 2003)
Por lo tanto existe como bien se ha podido reflejar en estas dos entrevistas un relato naturalizado que fija lugares desde donde se deviene hombre o deviene mujer, es un relato heterosexista, no existe otra posibilidad en cuanto identidades de género y que estereotipa las relaciones atribuyendo roles determinantes para hombres y mujeres.

A modo de reflexión final considero importante señalar la dimensión fundante que
tiene el género en las relaciones de poder, haciendo referencia a Rita Segato,
quien ha profundizado en las dimensiones elementales de la violencia en su
experiencia con violadores en las cárceles de Brasil. Segato dirá que existen
cuerpos que se violentan y cuerpos que no se violentan y a su vez pactos
masculinos.

La violencia según la Antropóloga, serviría para mantener estos pactos, ya que la masculinidad es algo que se gana y es un status por mantener. Para ello existirían mandatos de masculinidad, con los cuales el hombre se deshumaniza. Así mismo dirá que la mujer representaría un cuerpo comunitario, que encarna un simbolismo, se le violenta y es un territorio que se puede someter. (Segato, 2003)
Considerar esta mirada crítica para abarcar las temáticas de género, contextualizada en un modelo económico capitalista neo-liberal, hace mucho sentido y se torna vital, ya que resuena en términos subjetivos como intersubjetivos, al cuestionar un modelo basado en la propiedad y en la exclusión, que reproduce significaciones hegemónicas binarias que legitiman la desigualdad de género, clase y raza.
Las mujeres como un territorio que también puede ser sometido, invisibilizadas por la historia contada por hombres, por los dueños del mundo, por quienes niegan la pluralidad cultural, en fin, la historia contada por los vencedores.

BIBLIOGRAFÍA

  • Apuntes de clases Docente, Manuela Cisternas.
  • Apuntes de clases Docente, Elisa Niño.
  • Lamas, Marta La Antropología feminista y la categoría “género”
    Nueva Antropología, vol. VII, núm. 30, noviembre, 1986, pp. 173-198
    Distrito Federal, México.
  • Lamas, Marta, Conceptos clave en los estudios de género, Universidad
    Nacional Autónoma de México, 2016.
  • Segato, Rita Laura, Las estructuras elementales de la violencia.
    Universidad Nacional de Quilmes, 2003, Buenos Aires, Argentina.
  • Butler, Judith, El género en disputa, El feminismo y la subversión de la
    identidad, 2007, Ediciones Paidós, Barcelona, España.

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